El cabo Hatteras, en la costa de Carolina del Norte, es conocido por los navegantes como el cementerio del Atlántico debido a sus traicioneros bancos de arena y sus tormentas impredecibles. Sin embargo, el destino del Carroll A. Deering superó cualquier naufragio convencional para convertirse en uno de los episodios más perturbadores de la crónica marítima estadounidense. El buque fue hallado intacto, con las velas desplegadas, pero completamente vacío, transformando una exitosa misión comercial en la evaporación náutica más desconcertante del siglo veinte.
El hallazgo en los cañones de arena
El 31 de enero de 1921, los vigilantes del servicio de guardacostas divisaron a través de sus catalejos una imponente goleta de cinco mástiles varada en los peligrosos bajíos de Diamond Shoals. Se trataba del Carroll A. Deering, un navío que regresaba a los Estados Unidos tras entregar un cargamento de carbón en Río de Janeiro. El barco estaba encallado en una zona de difícil acceso, azotada por un fuerte oleaje que impidió a las lanchas de rescate acercarse de inmediato.
Cuando los inspectores lograron finalmente abordar la embarcación días después, se encontraron con un escenario fantasmal que desafiaba la lógica de cualquier naufragio convencional.
El escenario a bordo de la goleta
La inspección detallada de las cubiertas y los camarotes reveló que la vida a bordo se había detenido de forma abrupta, sin que mediara una tormenta destructiva o un daño estructural en el casco de madera:
La mesa del comedor estaba dispuesta para la siguiente comida y los alimentos preparados en la cocina permanecían intactos en las ollas frías.
Faltaban los dos botes salvavidas de la goleta, junto con los documentos de navegación, el cronómetro marino y el cuaderno de bitácora.
El gato de la tripulación era el único ser vivo que permanecía a bordo, deambulando tranquilamente por los camarotes vacíos.
Las señales del faro de cabo Lookout
La reconstrucción de los días previos al encallamiento aportó pistas inquietantes sobre el clima de tensión que se vivía en el interior de la nave. El 29 de enero, la goleta había pasado cerca del buque faro de cabo Lookout, y un tripulante de piel oscura que no parecía ser el capitán utilizó un megáfono para gritar un mensaje a los operarios de la costa.
El testigo describió el encuentro con creciente preocupación durante las audiencias gubernamentales posteriores:
"Un hombre con cabello rojo y acento extranjero nos gritó que el barco había perdido sus dos anclas en una tormenta, pero el capitán Willis Wormell no estaba en el puente de mando y los marineros parecían deambular sin rumbo por la cubierta".
Esta transmisión informal confirmó que el mando de la goleta se había fracturado gravemente antes de llegar al bajío fatal, lo que alimentó la hipótesis de un motín sangriento en alta mar.
Las hipótesis de la desaparición
El caso del Carroll A. Deering involucró a cuatro agencias del gobierno federal, incluyendo el departamento de justicia liderado por un joven J. Edgar Hoover, pero ninguna logró descifrar el paradero de los diez tripulantes.
El motín y la venganza del primer oficial
La relación entre el veterano capitán Wormell y su primer oficial, Charles McLellan, era pésima desde que zarparon de Sudamérica. McLellan era un hombre violento que había sido arrestado en un puerto intermedio tras amenazar abiertamente al capitán.
Se sospecha que McLellan lideró una revuelta junto a la tripulación extranjera para tomar el control del timón.
El capitán habría sido asesinado o confinado en su camarote antes de que el barco se aproximara a la costa americana.
Los amotinados habrían abandonado la nave en los botes salvavidas al ver la cercanía de los bajíos, pereciendo ahogados en la posterior tormenta invernal.
La piratería comunista y el robo de naves
En los años posteriores a la primera guerra mundial, el temor al espionaje y al sabotaje internacional estaba muy extendido en las instituciones oficiales.
Una de las teorías gubernamentales sugería que piratas vinculados al régimen soviético capturaban barcos mercantes para desestabilizar el comercio marítimo.
Se especuló con que la tripulación fue trasladada a otro buque que pasaba por la zona, aunque no se reportaron avistamientos sospechosos.
Esta hipótesis se desvaneció rápidamente al comprobarse que los objetos de valor y los almacenes de la goleta seguían intactos.
El final de la goleta fantasma
Los intentos por reflotar el Carroll A. Deering resultaron inútiles debido al daño constante que el oleaje infligía sobre la estructura encallada. Finalmente, las autoridades decidieron utilizar dinamita para destruir los restos del navío y evitar que se convirtiera en un peligro permanente para otros barcos en la ruta comercial.
Los cuerpos de los diez hombres nunca aparecieron en las playas de Carolina del Norte; sus nombres se sumaron a la larga lista de secretos que Diamond Shoals custodia bajo su manto de espuma, dejando que el enigma de la goleta maldita permanezca intacto como el testimonio de un viaje que terminó en una total impunidad en las fronteras del océano.


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