El Origen de la Bestia
La leyenda cuenta que este monstruo fue una vez un joven malcriado y consentido por sus padres. Un día, caprichoso por comer vísceras de venado, exigió a su progenitor que saliera de caza. Al ver que este regresaba con las manos vacías, el muchacho, cegado por una furia incontenible, asesinó a su propio padre y lo destripó.
Al descubrir el horrendo crimen, el abuelo del joven decidió castigarlo de una manera despiadada:
Lo mandó a azotar con un látigo de peinilla.
Lavó sus heridas con agua ardiente y ají picante.
Lo maldijo eternamente y le soltó un perro hambriento para que lo persiguiera por siempre.
Desde ese fatídico día, el joven se transformó en un gigante esquelético de casi seis metros de altura, condenado a vagar cargando un saco lleno de los huesos de su padre.
El Presagio de la Muerte
El rasgo más distintivo y espeluznante de esta criatura es su característico silbido, que imita las notas musicales do, re, mi, fa, sol, la, si. Este sonido es una trampa mortal para la mente humana debido a su naturaleza engañosa:
Si lo escuchas muy cerca, no tienes de qué preocuparte, pues significa que el espectro está lejos.
Si lo escuchas lejano, ten mucho cuidado, porque el ser está prácticamente a tu espalda.
Los llaneros afirman que cuando el silbido resuena en la oscuridad, los animales domésticos entran en pánico: los caballos relinchan desbocados y los perros huyen despavoridos, intuyendo la presencia del mal.
Sus Víctimas y Defensas
El Silbón busca saciar una sed insaciable de venganza. Tiene predilección por dos tipos de personas: los borrachos y los mujeriegos. A los primeros les succiona el alcohol a través del ombligo; a los segundos, los desmiembra sin piedad hasta dejar solo los restos óseos, que luego añade a su macabra colección.
Dicen los viejos sabios de la sabana que la criatura suele sentarse en el porche de las casas a contar los huesos de su saco. Si nadie en la casa lo escucha, un miembro de la familia morirá al amanecer; pero si alguien lo nota, el hogar recibirá una gran bendición.
Para protegerse de este gigante de la noche, los habitantes de Los Llanos confían en ciertos amuletos y elementos a los que la criatura teme profundamente:
El ladrido de un perro paspote.
El chasquido de un látigo de cuero.
El picante del ají.
Hasta el día de hoy, cuando la tormenta azota el llano y el viento dobla las palmeras, los lugareños prefieren quedarse en casa. Saben que allá afuera, bajo la lluvia, camina una sombra larguirucha que sigue cobrando venganza por una maldición que jamás tendrá fin.






