La arena negra crujía bajo las botas de Elian. El paisaje de Kaelen no conocía la piedad; era un infierno de roca oxidada y cielo bajo. El único momento de alivio en ese mundo desolado era la aparición del Sol de medianoche, un fenómeno óptico que proyectaba sombras largas y distorsionadas. Elian había caminado durante semanas, pasando junto a los Huesos de gigantes, esqueletos de antiguas máquinas que se descomponían lentamente en el Desierto del Olvido. Su viaje era una penitencia, una huida de la perdición de la memoria que consumía a los pocos supervivientes de Kaelen.
Su objetivo era la ciudadela de Lycoris, pero sabía que solo tenía un margen de Doce horas exactas para cruzar el Gran Valle. El viento bravo azotaba sin descanso, llevando consigo partículas de metal que picaban la piel expuesta. Lo que Elian portaba era una reliquia robada: un cristal de datos que contenía los códigos de reactivación de los pozos de agua, un tesoro que había sido escondido por la extinta Tribu de las Dunas. Su viaje no era por elección, sino por obligación.
A medida que el reloj interno marcaba el punto álgido de la "media noche solar", apareció.
En la cresta de una duna petrificada, se materializó una silueta alta y ancha, envuelta en telas pesadas. Era el Peregrino, el protector mítico de la ruta, el que decidía quién era digno de pasar. Su presencia era un ancla de tensión en la inmensidad.
—¿Qué llevas, viajero? —preguntó el Peregrino. Su voz profunda y resonante parecía provenir de las profundidades de la propia tierra.
Elian no mentía; sabía que era inútil. —La llave para el agua. Si me detienes, mi gente morirá.
El Peregrino descendió lentamente, su rostro oculto en la penumbra. —Conoces la antigua advertencia: "El que toma, paga con el doble". Esta es la ley de este lugar. Has tomado lo que no es tuyo y quieres usar el sendero prohibido.
—Te imploro piedad —dijo Elian, arrodillándose sobre la arena.
—La piedad es un concepto que el desierto ha olvidado. Solo queda el castigo.
El Peregrino levantó su gran bastón de hierro forjado. Antes de que el golpe de bastón cayera, Elian miró hacia arriba. Vio sus Ojos puros, sin máscara, y reconoció en ellos una Lucha interna que iba más allá del deber. El Peregrino dudó. En esa fracción de segundo, la oscuridad pareció disiparse.
—Adelante —rugió el Peregrino, bajando el bastón y clavándolo en la arena. —Lleva ese peso en tu corazón, Elian. El precio de tu vida será ser siempre el guardián de esa esperanza.
Elian se levantó, sintiendo el peso de la promesa cumplida y el juramento no pronunciado. Corrió, dejando atrás la imponente figura del Peregrino, sabiendo que, gracias a él, su gente vería un nuevo amanecer.

