Silas no conocía otra vida que la de la tierra seca. Su existencia se definía por el ritmo lento y constante de su pala pesada abriéndose paso en el subsuelo. Trabajaba en el Cementerio de la Ceniza, un campo santo tan antiguo y tan alejado del pueblo olvidado que solo la oscuridad total de la noche le hacía compañía. La luna menguante era su única compañera silenciosa, proyectando sombras largas y deformes sobre las lápidas inclinadas.
Esa noche, el trabajo infatigable era para un hombre que había muerto sin nombre, un vagabundo al que nadie reclamaba. Silas, conocido simplemente como Silas el sepulturero, no preguntaba; solo cavaba. El hedor a moho y a tierra removida era un aroma familiar, casi reconfortante, pero esa fosa era diferente. A cuatro pies de profundidad, su pala chocó con algo que no era roca ni raíz. El eco profundo del impacto resonó extrañamente, como si la tierra estuviera hueca debajo.
Dejó la pala a un lado y se inclinó, usando la linterna de aceite que siempre llevaba. Bajo la luz amarillenta, vio una superficie pulida, extraña al lado de la roca basáltica circundante. Era una caja de ébano, no más grande que un libro. La frialdad metálica del objeto al tocarlo le produjo un escalofrío. Estaba sellada con símbolos grabados que no reconoció, pero que le transmitieron una sensación de pacto antiguo.
La curiosidad, un sentimiento raro en su vida solitaria, le venció. Sacó la caja y la apoyó en el borde de la tumba abierta. Mientras intentaba forzar la cerradura con una piqueta, la caja emitió una violenta sacudida. Elian sintió un miedo súbito, un terror primitivo que superaba con mucho el simple espanto por lo desconocido. Era el miedo a la verdad oculta.
Comprendió que aquello no era un tesoro, sino la condena. Era una pesada carga, algo que la tierra había guardado con determinación férrea. Tras varios intentos, la caja se abrió con un chasquido seco. Dentro no había joyas, sino un único pergamino antiguo, enrollado y atado con un cabello blanco. El texto, escrito en una lengua muerta, hablaba de una promesa rota y de el juicio final que se llevaría a cabo bajo el último ritual del Cementerio.
Silas, el hombre acostumbrado a lidiar solo con los muertos, ahora se encontraba frente a algo que desafiaba a la vida misma. Se sentó junto a la tumba, con el pergamino en la mano. El destino del pueblo olvidado no dependía de la cosecha, sino de este objeto que había sido desenterrado por accidente. El sepulturero, sin quererlo, se había convertido en el guardián de un secreto ancestral, y sabía que ya no habría más tranquilidad en su monótona vida. Su trabajo había terminado, pero su verdadera misión acababa de comenzar.

