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martes, 6 de enero de 2026

Lo que el espejo escondía

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Criatura del espejo

El viejo espejo, enmarcado en oro descolorido, siempre había sido un elemento perturbador en el ático de la casa de Anya. Desde pequeña, le había provocado una sensación extraña, como si detrás de su superficie reflejante acechara algo más que su propio reflejo. Hoy, mientras lo desempolvaba para la venta de la propiedad, esa sensación se intensificó. Un frío punzante le recorrió la espalda.


De repente, una grieta fina apareció en el cristal, sin que nada la tocara. Se extendió como una telaraña, y en el centro, la imagen distorsionada de Anya se contorsionó en un grito mudo. Pero no era su reflejo; era una versión demacrada y antigua, con ojos vacíos y desesperados. El cristal estalló con un sonido ensordecedor, lanzando esquirlas al aire. Anya retrocedió con un grito de terror, sus manos instintivamente levantadas para protegerse. El aire se volvió pesado y denso.


De la oscuridad que se abrió en el centro del espejo roto, emergió una mano. No era una mano normal; estaba cubierta de piel arrugada y pálida, con uñas largas y amarillentas que parecían garras. La mano se estiró con una velocidad antinatural, dirigiéndose directamente hacia ella. Anya sintió un agarre feroz en su brazo, una fuerza sobrenatural que tiraba de ella hacia el abismo que el espejo había revelado.


El pánico se apoderó de ella. Luchó con todas sus fuerzas, sus pies resbalando sobre los trozos de cristal en el suelo. Sus pulmones ardían con cada bocanada de aire. La criatura al otro lado del espejo tiraba con una determinación aterradora, su brazo estirándose cada vez más, revelando una forma humanoide oculta en las sombras. Podía sentir el frío abismal que emanaba del portal, amenazando con engullirla.


Lo que el espejo escondía

La boca de Anya se abrió en un grito desgarrador, un sonido crudo de terror y desesperación. Sus ojos, desorbitados, miraban más allá de la mano que la sujetaba, hacia la oscuridad profunda de donde provenía la amenaza. Necesitaba escapar de esa dimensión. Sabía que si la arrastraba por completo, no habría vuelta atrás. Su instinto de supervivencia era lo único que la mantenía luchando.


Con un esfuerzo sobrehumano, logró zafarse parcialmente, pero el agarre de la mano era implacable. Los muebles del ático temblaban, como si el espacio mismo se desgarrara. La criatura al otro lado pareció gruñir, su impaciencia palpable. Anya sabía que era su última oportunidad. Reuniendo cada gramo de fuerza, empujó con todo su cuerpo, desesperada por sobrevivir.

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