El dolor la había despertado de golpe, una punzada afilada en el vientre que no se parecía a nada que hubiera sentido antes. Amelia se incorporó con dificultad en la cama, su respiración entrecortada. El sudor frío le perlaba la frente, y la habitación, normalmente familiar, ahora parecía sombría, bañada en la tenue luz de la luna que se filtraba por la ventana. Algo no estaba bien; su embarazo, que había sido una fuente de alegría y expectación, ahora se sentía como una condena. Una angustia profunda la invadió.
De repente, una sombra se desprendió de la esquina más oscura de la habitación, moviéndose con una lentitud deliberada que heló la sangre de Amelia. No era una persona, ni un animal, sino algo antiguo y retorcido, con una forma apenas humanoide. Sus ojos, dos cuencas rojas y brillantes, se fijaron en ella con una intensidad desquiciada. El hedor a tierra removida y a podredumbre se hizo casi insoportable. El aire se volvió pesado y denso.
La criatura avanzó hacia la cama, su figura demacrada y su piel grisácea revelando un semblante de terror puro. Los cabellos largos y sucios le caían sobre el rostro esquelético, y una boca desdentada se curvaba en lo que parecía una sonrisa, aunque era más bien una mueca de hambre. Amelia intentó gritar, pero el sonido se quedó atrapado en su garganta, ahogado por el miedo abrumador. Estaba completamente paralizada por el pavor.
La criatura se inclinó sobre ella, sus manos huesudas y llenas de llagas se extendieron hacia su vientre abultado. No eran manos que ofrecieran consuelo, sino una promesa de profanación. Amelia sintió sus dedos fríos y ásperos rozar su piel, cada toque era una invasión que le quemaba hasta el alma. La fuerza del mal era palpable en el ambiente. El dolor en su vientre se intensificó, como si la criatura estuviera conectada a algo dentro de ella, manipulándolo, torciéndolo.
Los ojos rojos de la entidad brillaron con una malevolencia que trascendía la comprensión humana. No había una pizca de compasión, solo una oscura alegría por el sufrimiento de Amelia. Ella sintió una conexión horrible con la criatura, como si una parte de ella ya estuviera siendo corrompida, infectada por la presencia de aquel ser. Una desesperación inmensa la consumía.
Amelia cerró los ojos, deseando que todo fuera una pesadilla, una alucinación inducida por la fiebre o el estrés. Pero el toque frío y el olor nauseabundo eran demasiado reales. Cuando volvió a abrirlos, la criatura seguía allí, su rostro a escasos centímetros del suyo, sus ojos fijos en su vientre. Comprendió con un escalofrío que no estaba sola en esta pesadilla. Su hijo, la vida que crecía dentro de ella, ahora estaba irrevocablemente unido a esta presencia abominable. La semilla del mal había sido sembrada, y no había nada que pudiera hacer para detener su florecimiento. Su futuro era ahora una sombra más oscura que la noche.


