La aldea de Vornac estaba hundida en una niebla perpetua, un manto gélido y gris que parecía absorber toda la vitalidad. Sus habitantes no temían a los lobos ni a los inviernos duros; temían a las viejas creencias, a la fe oculta que todavía latía bajo la piel de la civilización. Temían al Ser que habitaba el Bosque Negro, más allá del último poste de madera.
Mi llegada fue recibida con un silencio hostil, rostros de piedra inexpresiva que me miraban con una mezcla de lástima y reproche. Yo venía a estudiar sus mitos, a documentar su folclore moribundo. Ellos sabían que venía a despertar algo que debía permanecer dormido en la tierra.
El Ser era la encarnación de su fe primordial, anterior a cualquier dios tallado en madera o piedra. Lo describían como una masa informe y mutable, algo que tenía garras de sombra y ojos de ámbar. No lo invocaban; simplemente lo reconocían con una obediencia temblorosa. Cada año, al final de la cosecha, llevaban una ofrenda silenciosa al lindero del bosque: un animal, un objeto preciado, a veces un hombre.
Una noche, me aventuré más allá de las casas. El aire del bosque era frío y metálico, denso con el olor a moho y a tierra virgen. Los árboles, guardias torcidos y nudosas, formaban una catedral de tinieblas donde la luz lunar se extinguía por completo. Sentí una presencia opresiva, una fuerza gravitacional que me empujaba hacia adelante, hacia el corazón de la oscuridad.
De repente, la quietud absoluta se rompió con un crujido seco y luego otro, como si algo grande y pesado estuviera arrastrándose sobre ramas rotas. Me pegué al tronco de un roble, la respiración un jadeo tembloroso en el frío. Vi el movimiento. Era una mancha de negrura profunda, más oscura que la propia noche, que se movía con una velocidad antinatural.
No pude ver una forma clara. Eran múltiples contornos difusos que se fusionaban y separaban, una arquitectura de pesadilla. Pero vi los ojos. Una hilera horizontal de orbes amarillentos, brillantes y despiadados, que me miraban con una curiosidad lenta y abisal. No había malicia humana en ellos, solo el instinto frío de algo que existe para consumir.
El Ser se detuvo. El silencio regresó, pero ahora era un clamor mudo de terror que resonaba en mis tímpanos. La presión en el ambiente era tan intensa que sentí que mis huesos se iban a romper. Entendí el miedo de los aldeanos: no era un monstruo que pudiera ser vencido, sino una ley natural brutal, el fundamento orgánico de su existencia.
Sentí el frío del Ser invadir mi espacio personal, una gélida caricia que me paralizó. No gritó, no atacó; solo permaneció observando. Era el sacerdote silencioso de un rito olvidado, el verdugo inmutable de la vieja fe. Y en sus ojos de ámbar, vi mi propio futuro: la entrega final a una oscuridad que no era el final, sino el comienzo de otra cosa.
Me retiré, con la cabeza girando y el alma rota, sabiendo que ya no era el mismo. La sombra de la fe antigua me había tocado. Y cuando regresé a la aldea, solo encontré puertas cerradas y una atmósfera de luto, el conocimiento compartido de que, al mirar al Ser, yo me había convertido en la próxima ofrenda.

