La televisión parpadeaba con la estática de un canal inexistente, un monótono zumbido que se había convertido en la única compañía de Arthur durante semanas. Su salón, antaño un lugar acogedor y ordenado, ahora estaba invadido por una capa de arena fina y grisácea que cubría el suelo, las alfombras y los muebles. Había empezado como un pequeño montículo en una esquina, un misterio insoluble que desafiaba toda lógica. Ahora era un desierto en miniatura dentro de su propia casa. La locura se cernía sobre él.
Arthur se reclinó en su sillón, con la mirada perdida en la pantalla vacía, fingiendo ignorar el agujero creciente en la pared. Había aparecido de la nada, un desgarro oscuro en el yeso, y de él manaba la arena incesante. Pero no era la arena lo que realmente lo aterraba. Era el presentimiento. El aire se sentía más denso cada noche, cargado con un olor a polvo viejo y a tumba abierta.
De pronto, un sonido rasposo y gutural emanó del agujero. Arthur lo había escuchado antes, pero esta vez era más fuerte, más cercano. Levantó la vista lentamente, con un terror paralizante que le atenazaba el pecho. La pared no solo se desmoronaba; se estaba abriendo, y una sombra más profunda que la noche se extendía desde su interior. Su corazón golpeaba como un tambor frenético.
De las profundidades del agujero, una figura emergió. Era alta y demacrada, envuelta en jirones de tela oscura que parecían fundirse con la penumbra de la habitación. Su rostro, si es que podía llamarse así, era una calavera putrefacta con ojos hundidos y brillantes, y una boca que se abría en un alarido mudo, lleno de desesperación y de algo mucho peor. Sus manos, con dedos largos y garras afiladas, se extendieron hacia Arthur, dejando un rastro de arena y polvo fino a su paso. Era la encarnación de la muerte y la descomposición.
Arthur no pudo moverse. Estaba anclado al sillón por un miedo que le congelaba la sangre en las venas. La criatura no se acercaba rápidamente; su avance era lento, deliberado, como el de un depredador que disfruta de la agonía de su presa. Podía sentir el frío antinatural que irradiaba el intruso. La arena bajo sus pies pareció removerse, como si la casa misma se retorciera de angustia.
La televisión, con su estática, parecía amplificar la tensión, el preludio de un horror inminente. Arthur cerró los ojos, deseando que todo fuera una pesadilla, una alucinación provocada por la falta de sueño y la invasión de la arena. Pero el olor, el sonido, la presencia... todo era demasiado real. Su mente se negaba a procesar lo que veían sus ojos. Al abrirlos de nuevo, la criatura estaba mucho más cerca, sus garras casi rozando el apoyabrazos de su sillón. No había escapatoria posible. El intruso de polvo y hueso había venido a reclamar lo que consideraba suyo. Su destino estaba sellado.


