El viejo caserón se alzaba contra el cielo plomizo, un esqueleto de piedra y madera devorado por el tiempo y la leyenda. Se decía que estaba embrujado, pero Marco, impulsado por una mezcla de curiosidad mórbida y escepticismo juvenil, decidió adentrarse. La puerta principal, de madera gruesa y astillada, se abrió con un gemido profundo, invitándolo a un interior donde la oscuridad parecía haber echado raíces. El aire era pesado, cargado con el olor a moho y decadencia.
A medida que Marco se adentraba en el vestíbulo, el polvo danzaba en los pocos rayos de luz que se colaban por las ventanas rotas, creando formas fantasmales. Los muebles estaban cubiertos con sábanas blancas, como espectros esperando su hora. La temperatura descendió bruscamente, y un escalofrío helado le recorrió la columna, a pesar de la chaqueta que llevaba. Se detuvo en lo que parecía ser la sala de estar principal, un espacio vasto y sombrío donde una chimenea colapsada dominaba la escena.
Fue entonces cuando la vio. Flotando a escasos centímetros del suelo polvoriento, en el centro de la habitación, una figura de mujer. Su vestido, antaño elegante, ahora era un harapo deshilachado de tonos oscuros, y su cabello, largo y blanco, se agitaba como una masa electrizada a su alrededor. Sus ojos, dos pozos oscuros y sin vida, lo miraron con una intensidad que quemaba. La boca, desprovista de labios, se abrió en un grito sin sonido, un alarido de agonía y furia que solo Marco pudo percibir en el fondo de su mente. El miedo más puro y primitivo se apoderó de él.
Marco intentó correr, pero sus piernas se negaron a obedecer. Estaba petrificado, incapaz de apartar la vista de esa visión horripilante. Las manos de la bruja, huesudas y con uñas largas y afiladas como garras, se extendieron hacia él, no como una amenaza física, sino como una invitación a la locura. Sentía que su cordura se deshilachaba con cada segundo. La anciana levitaba, rodeada de una bruma tenue que parecía emanar de su propio ser.
El rostro de la bruja, envejecido y surcado por arrugas profundas, se contorsionaba en una mueca de desesperación y malevolencia. Era la encarnación del tormento, atrapada entre mundos, y Marco se había convertido en su nueva obsesión. Comprendió que había perturbado algo ancestral y poderoso. Un crujido en la madera del techo, o quizá un lamento del viento, resonó en el silencio abrumador, amplificando el terror.
Sabía que no podía escapar de su mirada, de su influjo. La bruja de la mansión abandonada no quería su vida, sino su alma, su mente. Era una trampa de la que pocos regresaban intactos. La desesperación se convirtió en su única compañera. En los ojos vacíos de la entidad, vio reflejada su propia condena, un futuro de eternidad atrapado en la locura de la mansión. Su destino estaba sellado.


