En los anales de las parroquias más antiguas de Inglaterra, se narra la historia de un hombre sin nombre que consagró su vida a transcribir los libros sagrados en la Iglesia de Santa María. Este individuo, conocido simplemente como el Escribiente, poseía una dedicación fanática que lo mantenía encorvado sobre su pupitre desde la salida del sol hasta que la luna bañaba el altar. Su pluma no era de ave, sino una herramienta de metal oscuro que parecía emitir un sonido estridente al rozar el pergamino.
Con el paso de las décadas, la piel del hombre se tornó de un color cenizo y sus ojos se hundieron en cuencas profundas, pero nunca detuvo su labor. Los monjes del monasterio cercano sentían una inquietud creciente al notar que el Escribiente nunca hablaba, ni siquiera para unirse a los cánticos matutinos. Su presencia era como una mancha de tinta en la santidad del templo, un recordatorio de que algunas obsesiones pueden ser más fuertes que la propia fe.
Una noche, un joven novicio decidió espiar el trabajo del anciano. Al acercarse, notó que las palabras escritas no estaban en latín ni en ninguna lengua conocida por el hombre. Era un código indescifrable que parecía vibrar sobre el papel con una vida propia y maligna. El novicio sintió que una fuerza invisible le oprimía el pecho, impidiéndole respirar mientras observaba cómo la mano del Escribiente se movía con una rapidez sobrenatural, cubriendo páginas enteras en segundos.
Se dice que el Escribiente no buscaba la salvación, sino una forma de eternidad a través de su obra. Cuando finalmente murió sobre su mesa de trabajo, su cuerpo no se descompuso de forma natural. En cambio, su carne se volvió rígida y quebradiza, transformándose gradualmente en el mismo pergamino que había llenado durante años. La iglesia fue cerrada durante un tiempo debido a la atmósfera opresiva que se instaló permanentemente bajo sus arcos góticos.
Hoy en día, algunos visitantes aseguran que todavía se escucha el rascado de una pluma contra la piedra en la penumbra del coro. El aire cerca del antiguo pupitre se siente pesado y cargado de una electricidad estática que eriza el vello. El legado del Escribiente es una sentencia perpetua grabada en los muros de Santa María, una historia de devoción retorcida que advierte a los curiosos sobre el peligro de buscar conocimientos que no pertenecen al reino de la luz.


