El cementerio, una extensión de mármol y tristeza, se había transformado. Las luces azules, no de este mundo, se levantaban de la tierra, fantasmas de luz fría que iluminaban la noche. No eran faroles, ni linteras, sino la materialización de la memoria, la energía residual de los muertos que se negaban a ser olvidados. Cada haz de luz era un eco de la vida, un fragmento de un pasado que se resistía a ceder ante la negrura del presente.
Los ángeles de piedra lloraban lágrimas de sombra al ver su descanso profanado por este espectáculo espectral. Las lápidas, antes mudos testigos del fin, ahora se volvían pantallas de una película de horror, sus grabados de fechas y nombres iluminados por el brillo de la melancolía. No había gritos, solo el silencio abrumador de una verdad revelada: los muertos no descansaban.
El horror no era el espectáculo en sí, sino la comprensión de que el alma, incluso sin cuerpo, no encontraba la paz. Que la vida era un ciclo de dolor y apego que continuaba incluso después de la desintegración de la carne. El cementerio no era un lugar de descanso, sino un terrible museo de almas cautivas. Y las luces azules, esos focos de dolor, eran la prueba irrefutable de que la existencia es una condena sin fin.

