El salón de baile, antaño un cáliz de opulencia, era ahora un espacio cavernoso, cubierto de lonas polvorientas. Entré en el viejo palacio abandonado, buscando el glamour fantasma de otra época, pero encontré un frío letal que se pegaba a la piel y prometía el olvido. La única luz venía de la luna, filtrándose por las grietas, proyectando sombras espectrales que danzaban con el aire.
En el centro de la sala, bajo un candelabro roto, estaba la máscara. No colgaba; se sostenía en el aire, una ilusión tridimensional de porcelana blanca. Era un rostro sin facciones, liso y perfecto, con solo dos agujeros negros para los ojos, que me miraban con una frialdad abisal.
Al acercarme, sentí una presencia gélida, una fuerza inmaterial que emanaba de la máscara. Era un objeto de poder, un punto focal para la malignidad palpable que impregnaba el palacio. El aire se hizo denso y opresivo, y el silencio total de la sala se volvió un clamor mudo en mis oídos.
De repente, la máscara se movió. No cayó, sino que se deslizó lentamente hacia la izquierda, como si una cabeza invisible la estuviera llevando. Y luego, el sonido. Un golpe seco y rítmico que venía de detrás de la máscara, un sonido óseo que marcaba cada centímetro de su avance. Era la prueba ineludible de que lo que estaba allí no era el rostro, sino la entidad que se ocultaba.
Comencé a retroceder, mi pánico visceral me impulsaba, pero mis pies estaban pegados al suelo por el terror. La máscara aceleró, su movimiento sinuoso era el de un depredador. La oscuridad que la seguía parecía más densa, una masa informe y voraz. Lo que se escondía detrás de la máscara no quería ser visto; solo quería consumir la mirada de quien se atreviera a contemplarla.
La máscara se detuvo a un metro de mí. El golpe rítmico cesó. En ese vacío sonoro, percibí algo horrible: una respiración lenta y profunda, un estertor de fuelle que venía del espacio entre la porcelana y la oscuridad. La máscara no era una prisión; era un acto de cortesía, el último gesto antes de que el horror desnudo se revelara.
Extendí mi mano para tocar la porcelana, un impulso mórbido para romper el hechizo. Antes de que mis dedos alcanzaran el borde, la máscara se giró bruscamente, y la negrura detrás pareció engullir la luz residual. Sentí una ola de frío y un dolor psíquico tan intenso que caí de rodillas.
Huí, dejando atrás el palacio de sombra y la máscara flotante. Pero el terror no se quedó. El golpe rítmico sigue en mi memoria, el recordatorio constante de la cosa sin rostro que me vio. Y ahora, cada vez que veo mi propio reflejo, no veo mi rostro, sino la promesa de la nada que se esconde detrás de la máscara.

