Anunciate aqui

domingo, 19 de octubre de 2025

El artista malvado

0 comments

El artista malvado

El estudio de Silas Karr se alzaba en una colina desolada, una caja de cristal y acero que parecía desafiar las leyes de la naturaleza. Karr no era un artista, sino un cirujano del alma, un hombre que prometía capturar la esencia pura del dolor y la desesperación en sus lienzos. Su fama era siniestra, forjada en la locura de sus modelos y la oscuridad palpable de sus obras. Yo fui a entrevistarlo, buscando la verdad turbia detrás de su genio.


Al entrar, el aire me golpeó con una mezcla densa de trementina, óxido y algo más, un olor metálico que mi mente asociaba con sangre seca. El estudio era un espacio cavernoso, inundado por una luz cenicienta que hacía que las sombras parecieran objetos sólidos. Los lienzos, cubiertos con sábanas, eran siluetas rígidas, un ejército de secretos que esperaban ser revelados.


Karr apareció desde el fondo, un hombre alto y delgado con un rostro cetrino y unos ojos de un azul glacial que me miraron con una indiferencia absoluta. Su voz era seca y siseante, desprovista de emoción. "Usted quiere ver la obra", articuló, un juicio mudo en su tono. "Quiere ver la verdad de la angustia".


Me condujo al centro. Retiró una lona. El cuadro no era una pintura, sino un monstruo de textura, una masa palpitante de óleo y resina que representaba un rostro. No era un rostro humano, sino una máscara de furia y agonía, con una boca abierta en un aullido mudo que parecía resonar en la sala. Los colores, tonos de tierra quemada y ocre oscuro, vibraban con una energía maligna.


Pero el horror no estaba en la imagen. Estaba en el material. Karr utilizaba una pigmentación orgánica, y al acercarme, sentí un frío letal que emanaba del lienzo. El dolor que había capturado no era una interpretación estética; era real y concentrado.


"El arte debe doler", explicó Karr, su voz era ahora un bramido bajo y gutural. "Para capturar la esencia, debes tomarla. Debes ser un extractor de almas".


En ese momento, mis ojos se desviaron a la esquina. Vi a la modelo. Una mujer joven, atada a una silla con cuerdas gruesas, su cuerpo se agitaba en espasmos lentos. Su rostro, pálido y demacrado, se había convertido en el gemelo viviente del rostro del cuadro. Ella no gritaba, pero el sonido seco de sus rodillas golpeando el suelo era un tambor de tormento.


El artista malvado me sonrió, una expresión de triunfo que deformó sus facciones. "Ella me dio su esencia. La saqué, poco a poco. Ahora es un vaso vacío, y el arte... el arte es puro".


Intenté huir, pero la fuerza opresiva de su mirada me inmovilizó. Comprendí que Karr no solo pintaba el dolor, sino que lo almacenaba en sus lienzos. Y ahora, al ser el último testigo de su ritual macabro, yo era la próxima fuente de pigmento. La alegría fría en los ojos del artista malvado fue lo último que vi antes de que el miedo se volviera tangible y me arrastrara hacia el caballete.

Relacionados

No hay comentarios:

Publicar un comentario