El cementerio era un océano de lápidas inclinadas, un monumento de piedra fría al olvido. Entré después del anochecer, impulsado por una necesidad mórbida de visitar una tumba específica, la de Elías, un hombre que había muerto con un secreto opresivo clavado en el pecho. La luna, apenas un disco blanquecino en el cielo, se negaba a iluminar los senderos.
El aire se hizo denso y opresivo, impregnado con el olor a tierra mojada y flores marchitas. La ausencia de sonido era tan absoluta que el golpeteo de mi propia sangre en mis sienes era el único clamor en ese espacio de la muerte. Finalmente, encontré la lápida de Elías, una roca desgastada que apenas retenía su nombre.
Me senté en el césped húmedo, mi corazón un tambor sordo en mi pecho. Había una presencia gélida cerca, una fuerza inmaterial que se concentraba sobre la tumba. Sabía que Elías no descansaba; su alma atormentada se había quedado atada al horror que se llevó a la tumba.
De repente, la tierra sobre la tumba se agitó violentamente. No era el viento, sino un movimiento orgánico, una fuerza subterránea que buscaba la superficie. El sonido fue un crujido seco y luego otro, como si huesos se estuvieran reacomodando bajo la tierra. Mi pánico visceral me inmovilizó.
Un trozo de arcilla negra y húmeda se levantó, seguido por una mano esquelética que se aferró al borde de la tumba. Los dedos eran largos y retorcidos, con uñas rotas y pálidas. La mano no buscaba salir; buscaba agarrar algo.
Luego, la cabeza. Surgió lentamente, la piel estirada y tensa sobre el cráneo, de un tono gris verdoso. Los ojos de Elías, agujeros profundos y vacíos, se clavaron en mí con una expresión de agonía eterna. No había en ellos odio, solo una necesidad implacable de confesar.
De su boca, un agujero negro y sin labios, salió el sonido. No una voz, sino un gemido bajo y gutural, un estertor de lamento que vibró en el aire frío. Era un bramido mudo que me taladró la mente, el esfuerzo desesperado de un muerto inquieto por liberar su secreto.
Comprendí que Elías no quería mi ayuda; quería un testigo. Quería que alguien se llevara el peso de su culpa. La presión de su mirada era tan intensa que sentí que mi propia mente se fracturaba. Huí, dejando atrás la tumba abierta y el clamor ensordecedor de la tierra. Pero el secreto de Elías ahora estaba en mi cabeza, una carga fría y pesada, un recuerdo atormentado de un muerto inquieto que me había transferido su condena.

