El pueblo no celebraba Halloween; lo temía con fervor. Para ellos, el 31 de octubre no era una fiesta, sino el día en que el velo entre mundos se desgarraba por completo, permitiendo que la vieja magia negra se filtrara en el mundo tangible. Las luces estaban apagadas, las ventanas selladas con tablas de roble viejo, y el ambiente era de una tensión palpable que asfixiaba el aire.
Yo, un forastero escéptico e imprudente, ignoré las advertencias. Salí a la calle al caer la noche, buscando la emoción del folclore. Lo que encontré fue una oscuridad tan densa que se sentía líquida y viscosa, una negrura profunda que absorbía el sonido y la luz. El único ruido era el aullido distante del viento, un gemido bajo y gutural que venía de las colinas.
El centro del pueblo era la plaza, donde un fuego fatuo de un tono verde malsano ardía en una pira de piedra. A su alrededor, vi a las figuras. No eran disfrazados, sino siluetas rígidas y encorvadas que se movían con una lentitud ceremonial. Eran las brujas, las ancianas de la fe oscura, y sus rostros, apenas visibles bajo las capuchas de sus mantos de lana parda, eran máscaras de vejez y malicia.
Comenzaron su ritual. No hablaban; su canto era un zumbido, una frecuencia baja y vibrante que sentí resonar en mis dientes. Era un llamado atávico, un bramido mudo que buscaba despertar algo que dormía en la tierra. Sus manos, garras nudosas y pálidas, se alzaron hacia el cielo, y el fuego verde respondió, elevándose con un rugido voraz.
El pánico me clavó en la pared de una tienda. Vi lo que arrojaban al fuego: no hierbas, sino pequeños paquetes envueltos en tela de saco que se agitaban violentamente. El olor a carne quemada y azufre se hizo nauseabundo. Eran ofrendas vivas, la prueba ineludible de que aquel ritual abominable era real.
Entonces, una de ellas se giró. Sus ojos, discos de un ámbar enfermizo, se fijaron en mí con una intención fría y desapasionada. No había ira, solo el reconocimiento implacable de una intrusión. Su boca se abrió, y de ella no salió una voz, sino un estertor seco, un mandato mudo que, sin palabras, me ordenaba unirme a la hoguera.
Huí, corriendo a través de las calles desiertas, mis pasos resonando como golpes de tambor fúnebre en la noche. Dejé atrás el fuego verde y el canto vibrante. Pero el terror no se quedó. El frío glacial de su mirada me alcanzó. La noche de brujas en el pueblo no era una leyenda, sino una realidad desesperante de la que no hay escapatoria, y ahora, yo era su último testigo y su próximo ingrediente.

