El pueblo siempre había sabido que la noche de las ánimas, la víspera de Halloween, era un tiempo peligroso. Pero la zona más temida era el Cementerio, un lugar tan antiguo que sus lápidas de mármol agrietado databan de siglos. La leyenda decía que en la medianoche exacta, los caminos de los vivos y los muertos se entrecruzaban sin remedio.
Este año, cinco jóvenes incautos, buscando una emoción fuerte, decidieron demostrar que todo era un cuento estúpido. Se armaron de linternas endebles y una valentía falsa, escalando la pared de piedra que delimitaba el recinto sacro al filo de las once. El aire pesado del cementerio olía a tierra húmeda y a moho.
Caminaron entre cruces torcidas y mausoleos decadentes hasta la fosa común, un montículo de tierra revuelta donde los apestados habían sido enterrados durante la Gran Plaga. Justo cuando el reloj de la iglesia empezó a sonar las doce campanadas lentas, el suelo bajo sus pies vibró con una potencia brutal.
Luego vinieron los sonidos. No eran fantasmas etéreos, sino gritos ahogados y terribles que venían de debajo de la tierra. Eran clamores desesperados de puro terror, como si miles de pulmones estuvieran luchando por aire dentro de la tierra. La oscuridad del cementerio pareció hacerse física, oprimiéndolos.
Los jóvenes gritaron de pánico y huyeron, tropezando con las lápidas. Al día siguiente, solo cuatro regresaron. El quinto, Mark, fue engullido por un hoyo repentino en el suelo, llevándose sus gritos de ultratumba consigo a la profundidad. Ahora, cada Halloween, los gritos de la tierra son más fuertes y siempre se escucha una nueva voz entre el coro de la desesperación.

