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sábado, 11 de octubre de 2025

Marionetas

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Marionetas

El teatro, abandonado durante décadas, exhalaba un vaho rancio de madera podrida y sueños olvidados. Yo entré por la puerta de servicio, buscando restos fotográficos, pero encontré una oscuridad tan densa que se sentía líquida. En el escenario principal, bajo una luz de emergencia amarilla y enferma, estaban colgados los muñecos.


Eran marionetas antiguas, no de hilo fino, sino de cuerdas gruesas y alquitranadas, suspendidas de un enrejado oxidado que parecía un patíbulo de madera. Sus rostros, de porcelana desportillada, eran máscaras de tristeza eterna, con ojos de vidrio opaco que no veían, pero que juzgaban. Eran la Compañía de los Condenados, el elenco que no podía irse.


Mi linterna reveló la primera anomalía. Una de las figuras, una bailarina con un vestido de encaje pardo y mohoso, no colgaba. Estaba sentada en el borde del escenario, sus piernas colgando en un ángulo imposible. Su cabeza, inclinada hacia el suelo, se levantó con una lentitud espasmódica.


No hubo sonido en la sala, solo el latido brutal de mi propio corazón. La bailarina no se movió más, pero sentí su presencia opresiva, la fuerza ineludible de una voluntad que no era de madera ni de tela. Miré hacia el enrejado. Las otras marionetas, siluetas rígidas, habían cambiado su postura. Ahora, sus brazos huesudos apuntaban hacia mí, una acusación muda que me llenó de pánico visceral.


Luego, el baile. El cuerpo de la bailarina en el escenario se agitó con un temblor violento y comenzó a moverse. No era una danza, sino un arrastrar doloroso, un intento frustrado de caminar con extremidades que no estaban hechas para el suelo. Era una coreografía de la desesperación, un espasmo grotesco que me taladró la mente.


El silencio se rompió con un golpe seco que vino de las alturas. Una de las marionetas colgadas se había soltado. Cayó al tablado con un estruendo de madera y porcelana, y luego, con la misma lentitud antinatural, comenzó a arrastrarse hacia mí, su rostro roto ahora una expresión de rabia pura.


Comprendí la verdad del teatro. Las cuerdas no los ataban; los mantenían a raya. Ahora, liberadas de su cárcel de hilo, las marionetas habían encontrado un nuevo propósito. Eran los sirvientes de la desolación, y yo era el nuevo director de su función de horror. Escapé, corriendo a través de los palcos de sombra, mientras el sonido seco y rítmico de sus cuerpos golpeando el suelo resonaba detrás de mí, el clamor ensordecedor de las marionetas que venían a cortarme los hilos.

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