Vesper era una mujer atrapada entre dos mundos. En uno, su cuerpo mortal sentía el frío del tiempo avanzando. En el otro, la presencia de Lord Valerius, el jardinero, le ofrecía la promesa de la eternidad. Ella vivía en una casa antigua y solitaria, cuyo único acceso era la entrada al jardín.
El jardín era una obra de arte oscuro. Las rosas que allí crecían no eran rojas ni blancas, sino negras, profundas, y absorbían toda la luz. Vesper sabía que esas flores, cultivadas con sangre de linaje, eran el precio de su inmortalidad. Valerius, el noble vampiro, la visitaba cada medianoche. Sus encuentros eran un acto de cortejo prolongado, donde él describía la belleza sin fin de su existencia.
Ella sentía una tentación inmensa. La idea de escapar del sufrimiento de la vejez era poderosa. Pero la transformación significaba renunciar a la calidez del sol y a la sencilla alegría de lo efímero. Valerius le explicó la brutalidad de la vida eterna: todo amor se convierte en ceniza.
Una noche, Vesper encontró una rosa que florecía pálida. Era una señal de que su tiempo se agotaba. La flor se convirtió en la prueba final. Si la tocaba, aceptaría su destino. Si la dejaba, abrazaría la mortalidad con dignidad. Ella se quedó mirando el pétalo aterciopelado, sabiendo que su decisión inminente era la más difícil que jamás tomaría. El jardín entero parecía esperar, callado, su respuesta.


