Sé quién fui: un mercader de especias de Alejandría, llamado Vespasian. Ya no queda nada de aquel hombre simple. Mi memoria es una tumba donde los siglos duermen. Ahora solo soy un observador perpetuo, un parásito atado a un pacto maldito. Mi existencia es un ciclo incesante de hambre y autocontrol, una farsa vacía de vida.
La gente piensa que la inmortalidad es un regalo. Es, en verdad, una sentencia eterna. Ver cómo los imperios caen y las montañas se desgastan es una tortura lenta. La brutalidad de mi condición no reside en la sed, sino en la soledad. Los lazos que formamos son efímeros; mis amigos y amantes se convierten en polvo antes de que yo termine mi copa de vino nocturna.
En esta época, la tecnología moderna me ha facilitado la supervivencia. El acceso rápido a suministros anónimos hace que la caza sea un acto aburrido y clínico. Pero la necesidad profunda de conexión sigue ahí. Es el precio más alto.
Anoche, bebí de un joven poeta. Sus venas ofrecieron una experiencia rica, llena de sueños no cumplidos y de una ambición ardiente. Por un momento, sentí su cálido pulso, la promesa fugaz de una vida que nunca tendré. Cuando lo dejé, la única cosa que quedó en el asfalto fue su cuerpo sin alma y yo, un ser que solo espera la llegada del sol para recordar que no puedo morir y no puedo descansar. El sol siempre promete el mismo sufrimiento.


