El pueblo se distinguía por su piedad absoluta. Siempre se habían opuesto a la magia, y en su ceguera, condenaron a Morgana, la sanadora, que era inocente. Ella fue atada a la pira del castigo, encarando los ojos crueles y vigilantes de los aldeanos reunidos. No mostró lágrimas, sino una dignidad impresionante. Antes de que la primera llama tocara su túnica, invocó a los espíritus del pantano, jurando un voto de venganza contra quienes la juzgaron.
El fuego se elevó, convirtiéndose en un terrible espectáculo que iluminó la plaza. Pero el alma de Morgana no ascendió a los cielos; se hundió directamente en la tierra oscura que la consumía. Durante treinta años, el pueblo vivió en temor, perseguido por pesadillas constantes y la creciente esterilidad de sus campos. La vida se había vuelto gris.
Entonces llegó la Noche de la Sal. Una tormenta como ninguna otra conocida azotó la región. Un rayo iluminó el pozo ancestral donde Morgana había sido ejecutada. La tierra tembló. De las piedras agrietadas de la pira emergió la bruja. Estaba cubierta de ceniza y musgo, una figura imponente y renacida.
Caminó lenta hacia la iglesia, el símbolo de la hipocresía del pueblo. Su voz, ahora un sonido escalofriante y potente, resquebrajó la torre del campanario. Ella declaró con fuerza: "La deuda ha vencido."
Morgana no usó el fuego de nuevo, sino el agua. Convocó una marea de agua negra, salobre, desde el pozo, inundando la plaza principal. Había aprendido una nueva y poderosa magia vinculada a los elementos primarios. Tocó las puertas de la iglesia, y estas se desmoronaron en polvo. Los aldeanos observaron desde sus ventanas, paralizados por un miedo profundo que finalmente reconocían.
Se dieron cuenta de su gran error. La bruja, ahora un ente de juicio, estaba allí no para la destrucción sin sentido, sino para reclamar el honor robado. El juicio había terminado; comenzaba la sentencia. Su venganza no fue rápida, sino meticulosa y total.


