En los anales del tiempo, antes de que los desiertos fueran arena y las montañas picos nevados, existió la civilización de Aethel. Era una sociedad de oro y cristal, cimentada en el conocimiento y la arrogancia intelectual. Los Aethelianos, liderados por el Sabio Concejo de Krónos, creían haber superado las leyes naturales de la existencia. Su mayor logro era el Cronoscopio, un mecanismo imponente que les permitía observar los hilos del destino, prediciendo cada evento con precisión absoluta.
La Aethel era una tierra de jardines colgantes y cielos siempre despejados, donde la magia arcana se mezclaba con la tecnología más avanzada. Sin embargo, al conocer su futuro inmutable, su voluntad se debilitó. Si ya sabían el resultado de cada guerra, cada cosecha, y cada romance, ¿qué propósito quedaba en el esfuerzo? El aburrimiento se convirtió en su peor enemigo. La resignación profunda permeó cada estrato social.
Un día, una joven astrónoma llamada Lyra, cuyo corazón ardía con curiosidad, notó una anomalía en las lecturas del Cronoscopio. Un punto ciego, una sombra que se movía a través de los hilos del tiempo, algo que su cálculo infalible no podía predecir. Advirtió al Concejo de Krónos, pero estos, hundidos en su apatía, desestimaron su descubrimiento. "El destino está escrito", sentenciaron con fría indiferencia.
Lyra, sabiendo que el verdadero peligro yacía en la indiferencia, desobedeció las órdenes. Ella buscó el origen del punto ciego y descubrió que era una entidad nacida del vacío creado por la falta de libre albedrío de Aethel. Era una fuerza que se alimentaba de la pasividad, una plaga mental que borraba la memoria y la voluntad. Cuando finalmente atacó, no lo hizo con fuego ni espada, sino con una monotonía abrumadora. Los Aethelianos simplemente se sentaron, esperando el fin que ya habían visto, incapaces de tomar una acción desesperada. La gran era de Aethel fue consumida, no por un cataclismo, sino por su propia aceptación del destino.


