En los albores del tiempo, cuando el mundo era una promesa sin nombre y los dioses caminaban sobre la tierra, existió un rey llamado Minos. Gobernante de la resplandeciente Creta, Minos era un hombre de gran orgullo y ambición desmedida. Para asegurar su trono, le pidió a Poseidón, el temible dios del mar, una señal de su divino favor.
Poseidón, complacido por la deferencia, hizo emerger de las olas espumosas un toro de una blanca inmaculada, una criatura de belleza y fuerza incomparables. El dios ordenó a Minos sacrificar el toro en su honor, un acto que demostraría su verdadera piedad. Sin embargo, la codicia se apoderó del corazón del rey. Al ver la majestuosidad de la bestia, Minos decidió guardarla para sí y sacrificó a otro toro menos notable en su lugar, creyendo que su engaño pasaría desapercibido.
El olvido de su promesa desató la ira de Poseidón. Como castigo, el dios infundió un deseo innatural en la esposa de Minos, la reina Pasífae, hacia el toro blanco. De esta unión prohibida nació Asterión, conocido después como el Minotauro. Era una criatura de cuerpo humano con la cabeza de un toro, un monstruo devorador de hombres.
Avergonzado y temeroso, Minos ordenó al ingenioso Dédalo construir el Laberinto, una prisión de piedra tan intrincada que nadie, ni siquiera su creador, podría encontrar el camino de vuelta. Dentro de sus paredes tortuosas, el Minotauro fue confinado, alimentándose de los jóvenes que Atenas, humillada, debía enviar como tributo cada ciclo lunar. Este terrible tributo continuó hasta la llegada de Teseo, el héroe de Atenas, quien, con la ayuda del hilo dorado de Ariadna, se adentró en la oscuridad para enfrentarse a la bestia maldita y sellar el destino del Laberinto.


