En agosto de 1977, una vivienda social en el barrio londinense de Enfield se convirtió en el escenario de una actividad paranormal violenta que desafió a la ciencia. Todo comenzó cuando Peggy Hodgson, una madre divorciada, llamó a la policía tras presenciar cómo los muebles de la habitación de sus hijas se desplazaban sin ayuda humana. El aire en la casa se sentía eléctrico, como si una tormenta invisible estuviera a punto de estallar entre las paredes de ladrillo.
La principal afectada era Janet, una niña de once años que comenzó a mostrar signos de una posesión demoníaca aparente. Su cuerpo era lanzado por los aires con una fuerza bruta, mientras una voz gutural y ronca emanaba de su garganta, identificándose como Bill Wilkins, un antiguo inquilino fallecido en el lugar. Los investigadores de la Sociedad para la Investigación Psíquica notaron una tensión psicológica extrema en la familia, mientras los objetos cotidianos se convertían en proyectiles peligrosos.
Durante las sesiones de observación, el ambiente se volvía opresivo y pesado. Los juguetes volaban de un rincón a otro y las sábanas eran arrancadas de las camas por manos invisibles. Maurice Grosse, uno de los expertos, documentó golpes rítmicos incesantes que provenían del interior de los muros, un sonido metálico y seco que impedía cualquier descanso. La prensa londinense bautizó el suceso como un fenómeno de energía desatada, atrayendo a escépticos y creyentes por igual.
Janet presentaba un estado de trance profundo cuando la entidad hablaba a través de ella. La voz decía insultos y frases incoherentes con una rapidez que ninguna niña de su edad podría imitar sin dañarse las cuerdas vocales. Muchos pensaron que se trataba de un fraude muy elaborado, pero los fotógrafos captaron imágenes de la joven levitando sobre su cama con una expresión de pavor absoluto. El miedo se volvió algo tangible, una presencia que se podía sentir en la nuca al cruzar el umbral de la puerta.
La investigación oficial persistente duró más de un año, dejando tras de sí cientos de grabaciones de audio y testimonios policiales que nunca pudieron explicar la lógica tras los eventos. El caso Enfield sigue siendo una referencia de terror mundial, un recordatorio de que bajo la superficie de la normalidad urbana pueden esconderse fuerzas que la razón humana todavía no logra comprender. Al final, el estruendo de los muebles moviéndose quedó grabado en la memoria de los vecinos como una herida abierta en la historia de la ciudad, una sombra persistente que nunca abandonó del todo aquella casa.


