La niebla se arrastraba por las calles de Ravenswood como un sudario húmedo, devorando las luces de la ciudad y ahogando el sonido. Era una niebla diferente, más densa, más… viva. Desde que llegó, los animales pequeños habían desaparecido. Luego, los gatos callejeros. Después, los perros. Ahora, la gente no se atrevía a salir sola después del anochecer.
El Dr. Albright, un patólogo forense de renombre, se secó el sudor de la frente. Frente a él, en la fría losa de acero, yacía lo que quedaba del cuerpo de la joven Brenda Miller. No había sangre, no había desmembramiento violento. Era peor. Las cavidades internas estaban completamente vacías. Los órganos habían sido succionados con una precisión espantosa, dejando solo piel y huesos como un envoltorio flácido. Era el tercer caso en dos semanas, y el pánico en la ciudad era palpable.
“¿Tienes algo, Doctor?” La voz del detective Reed era grave, teñida de un cansancio que iba más allá de las horas de trabajo.
Albright negó con la cabeza. “Es como si una aspiradora biológica la hubiera vaciado por dentro, Reed. Sin una sola herida exterior.” Se ajustó las gafas, sus ojos buscando algo, cualquier cosa. “Lo único que encontré, muy profundo en el tejido pulmonar, fueron unas microscópicas escamas quitinosas. Y un rastro de algo… orgánico, pero que no pertenece a ninguna especie conocida.”
Esa noche, Sarah, una joven estudiante de último año, se preparaba para estudiar en la biblioteca de la universidad, su única refugio del constante miedo. Su apartamento era pequeño, y la sensación de estar expuesta la abrumaba. La niebla se había vuelto un muro blanco y sordo fuera de su ventana, y cada crujido del viejo edificio la hacía saltar. Tenía los auriculares puestos, intentando ahogar el silencio opresivo, cuando escuchó algo. No un sonido, sino una vibración. Un rasgueo suave, casi inaudible, que parecía venir de las paredes.
Se quitó los auriculares. El rasgueo continuó, como si algo estuviera arañando la madera justo al otro lado de su cama. Su corazón golpeaba contra sus costillas. Se levantó lentamente, agarrando el pesado libro de texto como una arma inútil. Se acercó a la pared, pegando el oído.
El rasgueo se detuvo. Y en su lugar, escuchó un leve susurro, un sonido que no era una voz, sino una inhalación profunda, como si algo estuviera respirando justo al otro lado. Y luego, el olor. Un aroma a dulce putrefacción y humedad, el mismo olor que los periódicos describían como presente en las escenas de los crímenes.
Un golpe seco en el cristal de la ventana la hizo retroceder con un grito ahogado. Algo se pegó al cristal desde fuera, una forma oscura y difusa en la niebla. Era grande. Demasiado grande. Y tenía… alas. Alas que no volaban, sino que se desplegaban lentamente, cubriendo toda la ventana como un sudario.
Sarah se quedó paralizada, sus ojos fijos en la forma. Los contornos empezaron a definirse, revelando una silueta delgada y alargada, con una cabeza pequeña y un pico desproporcionado. Pero lo que la dejó sin aliento fueron los ojos: dos puntos de luz verde enfermiza que la miraban fijamente a través de la densa niebla. No había odio en esa mirada, solo una hambre infinita.
La forma movió su pico hacia el cristal, y Sarah escuchó un sonido chirriante, como de metal raspando. Una grieta apareció en el cristal, y luego otra. El miedo le perforó el pecho. Supo entonces que la niebla no era solo niebla. Era su camuflaje.
La criatura emitió un silbido agudo, y la grieta se extendió rápidamente. Sarah corrió hacia la puerta, tropezando con sus propios pies. Mientras luchaba por abrir el cerrojo, sintió una presencia helada detrás de ella. Se giró.
La ventana estaba destrozada. Y de la niebla, una sombra alada se cernía sobre ella. Sus extremidades eran largas y huesudas, terminadas en garras rojas y afiladas que parecían gotear algo oscuro. La cabeza del pájaro, con sus ojos verdes brillantes, se inclinó hacia un lado. Y en su mente, Sarah escuchó una voz, un pensamiento primordial que no tenía palabras, solo una necesidad: Vacío.
La última imagen que tuvo Sarah fue la de las garras rojas extendiéndose hacia ella, y el aliento frío y putrefacto que emanaba de la criatura.
A la mañana siguiente, la niebla se había disipado. La policía encontró el apartamento de Sarah con la ventana rota. La cama estaba revuelta, el libro de texto en el suelo. Y en la losa de la cocina, encontraron un pequeño montículo de escamas quitinosas que brillaban con un tenue resplandor verdoso.
En la mesa del Dr. Albright, había un mapa de la ciudad. Con cada nueva víctima, había marcado un punto, y ahora, los puntos formaban un patrón. Un patrón que se extendía, siempre siguiendo las zonas más desoladas y silenciosas de la ciudad. El hambre tiene alas, pensó el doctor, y se está volviendo cada vez más audaz. Y a juzgar por el patrón, pronto no quedaría nada.

