El pantano se extendía bajo un cielo de tonos cenicientos, una extensión viscosa de barro negro y agua estancada. Era un lugar donde la luz se moría y la vegetación se retorcía en gestos de agonía. Los lugareños hablaban de una mujer, Elspeth, que no era una bruja de cuentos, sino una entidad viva de crueldad antigua, la encarnación de la podredumbre.
Me adentré en el fango, buscando los restos de su cabaña. El aire era espeso y pútrido, un aliento rancio que olía a algas podridas y a algo metálico, casi a cobre. Cada paso era un chapoteo sordo que rompía el silencio opresivo del lugar. El miedo visceral me acompañaba como una sombra palpable.
Encontré su hogar: una choza de ramas y barro, hundida hasta las rodillas en el cieno. No había chimenea; el humo, un vaho grisáceo, se filtraba por las grietas. La puerta, una tabla desigual, estaba abierta, invitando a la oscuridad interna.
Al cruzar el umbral, el interior me golpeó con una ráfaga de frío y un olor nauseabundo a hierbas amargas y carne cruda. La única luz venía de un cuenco de metal que ardía con una llama verde y malsana. En el centro de la cabaña, ella estaba. La Bruja Malvada.
No era una anciana. Era una figura demacrada y alta, con piel de un tono terroso y cabello blanco y enmarañado que caía como un sudario. Su boca, hundida y sin labios, se extendía en una sonrisa dentada y forzada. Sus ojos, discos de un amarillo enfermizo, me miraron con una avidez inconfundible.
Estaba de pie junto a una mesa de madera. Sobre ella, había objetos de un ritual horrible: trozos de huesos, pequeños animales disecados y una fuente de arcilla llena de un líquido oscuro que se movía lentamente. Ella no me habló. Su presencia opresiva llenó la cabaña, una fuerza ineludible que me clavó al suelo.
De repente, levantó un brazo. Sus dedos largos y huesudos, terminados en uñas negras y rotas, señalaron un rincón. Allí, vi el cuerpo diminuto de un muñeco, hecho de trapos viejos, con alfileres clavados en cada articulación. El muñeco se agitó con un temblor lento y espasmódico, y yo sentí un dolor punzante en mi propio pecho.
La Bruja Malvada rió. No fue un sonido, sino un jadeo áspero y gutural, una risa de malicia pura que vibró en el aire. Era el clamor ensordecedor de la crueldad. Su acto no era magia; era un tormento directo. Su malvada alegría me consumió.
Hui, dejando atrás la cabaña de la atrocidad y el sonido seco de su risa. Pero el poder de la bruja me siguió. La sensación de los alfileres en mi cuerpo es ahora constante, el recordatorio eterno de que la Bruja Malvada no solo habita el pantano, sino también la oscuridad de mi propia alma.

