En la torre de basalto, bajo un cielo de tonos cenicientos, Donde el rayo no toca y la brisa se niega a entrar, Se congregan los magos, sombras de antiguos juramentos, Forjando un poder que el tiempo no puede borrar.
No visten de seda, sino de arpillera oscura y pesada, Con túnicas que huelen a azufre y a olvido total, Sus rostros son máscaras de hueso por la magia gastada, Y en sus ojos se alberga la maldad primordial.
El altar es de obsidiana, un bloque de roca fría y mortal, Grabado con runas que queman la vista de solo mirar, Y el aire se satura con un olor denso y metálico, brutal, Un vaho de podredumbre que se niega a escapar.
Cuando el rito comienza, el silencio se vuelve opresivo, No hay voces, solo un bramido bajo y gutural que vibra, Un clamor ensordecedor que nace del pulso vivo De la tierra que traga la luz, mientras la tiniebla libra.
Alzan sus brazos secos, garras nudosas y pálidas, Convocando las fuerzas de un vacío hostil y profundo, Y la luz de la luna se vuelve ámbar en sus palmas cálidas, Un fuego antinatural que condena al mundo.
El sacrificio es humano, un objeto atado y mudo, Cuyos aullidos secos se ahogan en la atmósfera espesa, Y el mago principal, con un gesto lento y desnudo, Corta el último lazo que a la vida lo sujeta y le pesa.
La magia no es arte, es una fuerza ineludible y voraz, Un apetito eterno que crece con cada ofrenda oscura. Y al finalizar el rito, solo queda el miedo tenaz, La prueba palpable del poder de la brujería impura.
Los temibles magos negros no buscan la gloria o el poder fugaz; Buscan el colapso de la razón, la anarquía total, Dejando un rastro de ceniza donde antes había paz, Y un frío penetrante que anuncia el mal final.

