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sábado, 6 de diciembre de 2025

Te estoy esperando

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Horror en el cementerio bajo la Luna Llena

La medianoche en el camposanto de Oldwick era un vacío denso. El aire estaba saturado de una humedad profunda y el olor a tierra fría y musgo. El vigilante, un hombre tímido llamado Silas, hacía su ronda anual por el sector prohibido, el más antiguo, donde las lápidas estaban inclinadas y cubiertas de liquen.


Silas llevaba su linterna débil, pero esa noche la luz de la Luna Llena era un reflector potente que revelaba las figuras sombrías de los cipreses. Sabía que no debía mirar hacia la entrada principal, pero sintió un impulso inexplicable.


Y allí estaba.


De pie, entre las hileras de tumbas, estaba la figura del Predicador. Vestía un gabán largo y un sombrero de ala ancha, completamente negro, una silueta recortada contra el resplandor lunar. No se movía, pero sus ojos eran dos brasas rojas que ardían con una intensidad antigua. Silas sintió que el terror absoluto le petrificaba los huesos.


No era la primera vez que la gente de Oldwick hablaba del Predicador. Era una aparición recurrente, un ente sobrenatural que se manifestaba solo cuando alguien estaba a punto de cometer un acto de violencia irreversible. Pero esta vez, la mirada iba dirigida a Silas.


Silas entendió el mensaje final. La figura no estaba esperando a alguien; estaba esperando por él. La condenación eterna no vendría de Dios, sino de este juez espectral.


El Predicador levantó lentamente una mano enguantada y la extendió, como invitándolo a acercarse. La presión mental fue tal que Silas dio un paso adelante, sintiendo que su voluntad se disolvía. En ese momento, escuchó la última advertencia de su conciencia: si cruzaba esa distancia, su alma vacía sería arrastrada a la oscuridad total.


Te estoy esperando


Silas giró y corrió. Su huida desesperada lo llevó fuera del cementerio. Dejó atrás el portón de hierro y el campo desolado. Nunca volvió a Oldwick, pero sabía que, dondequiera que fuera, en la hora final de su vida, la sombra del Predicador, con sus ojos rojos, estaría allí. Una sentencia cruel lo acompañaría siempre: sabía que el Predicador de la Noche seguía en la misma posición, esperando.

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