Elena siempre había sentido una aversión instintiva hacia el gran espejo ovalado que presidía el vestíbulo de la casa heredada de su tía. No era una cuestión de estética; el marco de caoba tallada era magnífico. Era algo en la cualidad de la superficie reflectante, una sensación de profundidad inusual que parecía absorber la luz en lugar de devolverla. A menudo, al pasar rápidamente, tenía la impresión fugaz de que la habitación reflejada no era exactamente la misma en la que ella se encontraba.
Una noche de tormenta, mientras los truenos hacían vibrar los cristales de las ventanas, Elena se detuvo frente al espejo para ajustarse el abrigo antes de salir. Se miró a los ojos y se heló. Su propio reflejo no le devolvía la mirada de preocupación que ella sentía, sino que mostraba una sonrisa burlona y cruel que deformaba sus facciones.
Elena parpadeó, pensando que era un truco de la luz vacilante de la lámpara. Pero el reflejo no parpadeó con ella.
La figura dentro del cristal levantó una mano con una lentitud deliberada y tocó la superficie desde el otro lado. Elena vio cómo el vidrio se ondulaba bajo el toque de aquellos dedos, como si fuera agua densa. No era un reflejo; era una entidad autónoma que había estado esperando pacientemente al otro lado del azogue. Los ojos de la otra mujer perdieron el color humano y adquirieron un brillo metálico y frío.
—Ya es hora —dijo la figura. Su voz no viajó por el aire, sino que resonó directamente dentro de la mente de Elena, cargada de una impaciencia terrible.
Elena intentó retroceder, pero sus pies parecían clavados al suelo de madera. Una fuerza invisible emanaba del espejo, una energía oscura que la atraía inexorablemente hacia el marco. La mujer del otro lado empujó con más fuerza y sus manos, de un tono pálido y enfermizo, comenzaron a atravesar la barrera, extendiéndose hacia el mundo real.
—He estado atrapada en este vacío demasiado tiempo, observando tu vida material —siseó la entidad, mientras sus dedos casi rozaban el hombro de Elena—. Ahora es mi turno.
Elena sintió una succión dolorosa en el pecho, como si su propia esencia estuviera siendo arrancada para hacer espacio a la invasora. Comprendió con horror que no era un simple ataque, sino un intercambio. Si cruzaba el umbral, ella quedaría atrapada en el mundo inverso. El pánico amenazó con abrumarla, pero en el último segundo, encontró una reserva de coraje. No iba a ceder su existencia sin luchar.
Con una voluntad férrea, Elena reunió toda su concentración para resistir el tirón magnético. Recordó quién era, sus memorias, sus amores, sus dolores; todo lo que la hacía real. La entidad gritó de frustración cuando su avance se detuvo. Elena aprovechó el momento de duda de la criatura, agarró un pesado paragüero de cerámica que estaba junto a la puerta y lo blandió con una fuerza desesperada contra el centro del óvalo.
El impacto fue ensordecedor. El espejo no se rompió en fragmentos de vidrio, sino que estalló en una nube de polvo negro que se disolvió instantáneamente en el aire. La succión cesó de golpe y Elena cayó de rodillas, jadeando, frente al marco de caoba ahora vacío, viendo solo la pared detrás de él.
La entidad había sido repelida, devuelta a su prisión al otro lado de la realidad. Sin embargo, Elena sabía que la victoria no era definitiva. Mientras siguiera existiendo esa otra dimensión, el peligro latente persistiría. Desde esa noche, Elena cubrió o retiró cualquier superficie reflectante de la casa, temerosa de volver a ver la verdadera cara de lo que habitaba en el espejo.


