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martes, 30 de diciembre de 2025

El tren de medianoche

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Imagen de una estación de tren antigua bajo la luz de la luna con niebla

La vieja estación de ladrillo visto parecía un mausoleo bajo la luz mortecina de las farolas. No había nadie en el andén, salvo una figura que sostenía un reloj de bolsillo cuya cadena de plata brillaba con una intensidad inusual. Cuando las agujas marcaron la hora exacta, un estruendo metálico rompió el silencio del valle, anunciando la llegada del convoy fantasmagórico que solo aparecía una vez cada siglo.


El humo negro se elevaba hacia las estrellas, ocultando por momentos la luna llena. Al abrirse las puertas de latón, un revisor de rostro pálido hizo una señal muda. Los pasajeros que subían no buscaban un destino geográfico, sino una segunda oportunidad frente a las inevitables consecuencias de sus actos pasados. El interior de los vagones estaba tapizado con terciopelo azul y olía a incienso antiguo.


—Billete de ida, por favor —dijo el revisor con una voz que sonaba como el crujir de hojas secas.


Julián entregó un trozo de papel amarillento. Mientras el tren ganaba velocidad, el paisaje exterior comenzó a transformarse en un vórtice de recuerdos inconexos. Las montañas se convirtieron en rostros conocidos y los ríos en hilos de seda que tejían la historia de su vida. Sintió una punzada angustiosa en el pecho al ver su infancia pasar de largo por la ventanilla, como una película que se proyecta sobre un lienzo de niebla.


En el tercer vagón, una mujer vestida de seda verde barajaba unas cartas que parecían flotar en el aire. Ella representaba la encrucijada del tiempo, ese punto exacto donde la voluntad humana se enfrenta al diseño del universo. Julián se sentó frente a ella, consciente de que su existencia dependía de la siguiente palabra que pronunciara aquel ser enigmático.


—Has venido buscando el perdón, pero aquí solo encontrarás la verdad absoluta —sentenció ella mientras mostraba una carta con el dibujo de una torre en llamas.


El tren comenzó a vibrar con una fuerza descomunal. El suelo parecía desvanecerse bajo sus pies, dejando ver un abismo de estrellas y vacío. No era un viaje placentero, sino una purga del alma necesaria para alcanzar la redención. La velocidad era tan extrema que los colores se fundían en un blanco cegador, una luz incandescente que quemaba las sombras de la duda.


Imagen de un vagón de tren de lujo con tapicería azul y luz tenue


—¿Es este el final? —preguntó Julián, sintiendo cómo su propia mano se volvía translúcida.


—Es el principio de tu despertar espiritual —respondió el revisor, que ahora parecía más un guía que un empleado ferroviario.


El ruido de los pistones se transformó en una melodía rítmica que calmaba los nervios del viajero. Julián cerró los ojos y aceptó el destino manifiesto que se desplegaba ante él. Ya no sentía miedo, sino una extraña forma de gratitud por haber sido elegido para abordar aquel transporte hacia lo desconocido. La estructura del tren se volvió de cristal, permitiendo que la luz del cosmos lo atravesara por completo.


De repente, una sacudida eléctrica recorrió el espinazo del convoy. El tren se detuvo en seco en mitad de la nada, o quizás en el centro de todo. Julián bajó los peldaños y sintió la hierba húmeda bajo sus botas. El aire era vibrante y cargado de una energía que nunca había experimentado en el mundo material. Al girarse, el tren ya no estaba; solo quedaba el rastro de una estela efímera en el cielo nocturno.


Ahora se encontraba en un jardín donde las flores cambiaban de color según sus pensamientos. Había comprendido que el viaje no era para llegar a otro lugar, sino para convertirse en otra persona. La noche ya no era oscura, sino una promesa de luz eterna que lo envolvía todo.

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