En las faldas del monte Taigeto, donde las rocas parecen dientes de un gigante dormido, habitaba una mujer que los pastores llamaban simplemente la Tejedora de Hados. No era una anciana encorvada, sino una figura de una majestuosidad aterradora, cuya piel tenía el tono del mármol bajo la tormenta. Su mirada no buscaba la compasión, sino la causalidad de los eventos que estaban por venir. Ella conocía el lenguaje de las aves de rapiña y el significado oculto en las entrañas de la tierra, esperando siempre que alguien lo suficientemente valiente cruzara el umbral de su gruta.
Aquella mañana, un joven guerrero llamado Valerio ascendió por la ladera escarpada. No buscaba gloria, sino una verdad punzante sobre el destino de su linaje. Al entrar en el recinto, el aire se volvió denso, cargado de un aroma a mirra y tomillo quemado. La bruja estaba de pie, envuelta en telas que parecían fluir como agua oscura, y su rostro, aunque joven en apariencia, contenía una sabiduría que desafiaba los siglos. Ella no hablaba con la voz de los hombres; sus palabras eran sentencias de hierro que golpeaban el pecho de quien las escuchaba.
—Has venido buscando el hilo de tu vida —dijo ella, con una voz que vibraba como una cuerda de lira tensada al máximo—. Pero debes saber que saber el final es, a menudo, una condena peor que la propia muerte.
Valerio se mantuvo firme, aunque sentía un frío cortante en la base de la nuca. Ella extendió una mano pálida y, de la nada, surgió una llama que no emitía calor, sino una luz plateada que revelaba las sombras de los ancestros del joven. Era una danza espectral de héroes caídos y reyes olvidados. La bruja observó el fuego con una intensidad que parecía quemar la realidad misma. No hubo piedad en su gesto, solo la frialdad de quien contempla un mapa ya trazado por fuerzas superiores.
—Tu sangre reclama un trono que ya no existe —sentenció la mujer, mientras sus ojos se tornaban de un blanco total—. Lo que buscas está enterrado bajo la ceniza de una guerra que aún no ha sucedido.
El guerrero retrocedió, sintiendo que el peso del mundo caía sobre sus hombros. La bruja griega no ofrecía consuelo, solo la cruda exposición de la realidad. Ella representaba la inevitabilidad de la tragedia, ese motor que movía los mitos desde el principio de los tiempos. Valerio comprendió que su lucha no era contra hombres, sino contra la voluntad del Olimpo, un adversario que no conocía la fatiga ni el arrepentimiento.
—Vete ahora —ordenó ella, y su figura comenzó a disolverse en una neblina densa—. El camino está abierto, pero la meta es un abismo que tú mismo has cavado con tu orgullo.
Cuando Valerio salió a la luz del sol, el monte parecía haber cambiado. Las flores tenían un color más intenso y el viento soplaba con una fuerza renovada, como si la naturaleza celebrara su derrota. La bruja griega permaneció en su cueva, eterna y vigilante, aguardando al siguiente necio que osara preguntar por su porvenir en un mundo donde las respuestas suelen ser más mortales que las espadas.


