Cecilia se despertó sin un solo motivo obvio. La habitación estaba sumida en la oscuridad total, iluminada solo por la luz parpadeante de las velas en la cómoda. Algo en el ambiente se sentía antiguo y terriblemente frío. Intentó moverse, pero sintió una presión inmensa sobre su pecho, una parálisis total que le impedía articular cualquier sonido.
La sensación era la misma que había experimentado cuando era niña y tuvo fiebre alta: una desconexión entre la mente y el cuerpo, pero magnificada por el horror. Sus ojos se abrieron de par en par, registrando los viejos cuadros colgados en la pared, los que siempre le habían parecido tristes y severos, observándola en la quietud.
Luego, vio la figura.
Estaba de pie junto a su cama, más alta que cualquier ser humano, envuelta en un sudario negro que absorbía la luz. La tela no era de este mundo; era una sombra solidificada que se movía con una gracia inhumana. La figura se inclinó, lentamente, revelando su rostro lúgubre: una máscara de calavera pálida, que no expresaba nada, salvo la condena final. Ella era la cobradora de almas, la entidad que venía por aquellos cuya hora había vencido, independientemente de la edad o la condición.
El sonido que hizo la criatura no fue un habla, sino un raspado en el aire, como si el espacio mismo se estuviera deshilachando. En ese momento, Cecilia no pensó en sus errores o pecados. Pensó en una promesa incumplida: la de visitar a su hermana. Se dio cuenta de que no había logrado todo lo que quería, pero ya era tarde.
Cecilia no sintió miedo, sino una resignación profunda. Comprendió que el tiempo había terminado. La figura, con el hueco de sus ojos fijos en ella, extendió una mano con huesos largos y delgados. No era una amenaza; era la parte de un proceso. El mandato era tan ineludible como la rotación de los planetas. La cobradora de almas no estaba allí para negociar, sino para cumplir el mandato inexorable de la existencia.
La figura tocó su frente. Cecilia sintió una oleada de calor que recorrió su cuerpo, disolviendo instantáneamente la parálisis. Pudo moverse, pero ya no quiso. Su existencia se reduciría ahora a un último aliento, una simple despedida a un mundo que la olvidaría. Cerró los ojos, aceptando el fin, sintiendo cómo su esencia se separaba de la cáscara vacía que era su cuerpo. La cobradora de almas había completado su trabajo.


