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miércoles, 9 de abril de 2025

El hechizo

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El hechizo
El hechizo

Se hablaba de una anciana conocida como la Bruja de la Ladera. Su nombre, Margareth, era temido y respetado. Se decía que había vivido durante siglos, alimentándose de secretos y susurros, y que su poder provenía de un oscuro hechizo que había sellado en su alma.

Una noche, mientras la luna llena iluminaba el cielo, un grupo de jóvenes del pueblo decidió desafiar las leyendas y adentrarse en el bosque. Entre ellos estaba Clara, una curiosa e intrépida joven que había oído historias sobre la bruja desde pequeña. Con el corazón palpitante, se adentraron en la penumbra, guiados por la tenue luz de una linterna.

Tras horas de marcha, encontraron una cabaña oculta entre los árboles. Las paredes estaban cubiertas de enredaderas y el aire estaba impregnado de un extraño aroma a hierbas. Clara, sintiendo una extraña atracción, empujó la puerta chirriante y entró. La cabaña estaba llena de frascos con líquidos de colores vibrantes, hierbas secas colgando del techo y un gran caldero burbujeante en el centro.

De repente, una sombra se alzó detrás de ella. Era Margareth, su rostro arrugado iluminado por la luz de las llamas. Sus ojos, como dos pozos oscuros, examinaban a los intrusos con una mezcla de curiosidad y desprecio.

—¿Qué buscan jóvenes imprudentes? —dijo la bruja con una voz que resonaba como un eco en el silencio.

Clara, temblando, dio un paso adelante. —Venimos a aprender de ti, a conocer tus secretos.

La bruja sonrió, pero no era una sonrisa amable. —Los secretos tienen un precio. ¿Están dispuestos a pagarlo?

Los jóvenes, impulsados por la emoción y el deseo de poder, asintieron. Margareth los llevó a un rincón de la cabaña donde había un antiguo grimorio. Con manos temblorosas, comenzó a recitar un hechizo en un idioma olvidado. Las palabras flotaban en el aire, llenándolo de una energía oscura y palpable.

—Este hechizo les otorgará poder, pero también los marcará —advirtió la bruja—. No hay vuelta atrás.

Deslumbrados por la promesa de fuerza, los jóvenes alzaron las manos y repitieron las palabras. En ese instante, una ráfaga de viento los envolvió, y las luces de la cabaña comenzaron a parpadear.

Pero algo salió mal. Un grito desgarrador resonó en el aire. Uno de los chicos, llamado David, comenzó a convulsionar y a gritar, su piel se tornó gris y sus ojos se llenaron de terror. Clara, horrorizada, vio cómo la bruja sonreía con satisfacción.

—El precio ha sido pagado —murmuró Margareth—. Ahora son parte de mi hechizo, y lo que está dentro de ustedes nunca podrá salir.

Desesperados, los jóvenes intentaron escapar, pero la puerta se cerró de golpe. El aire se volvió denso y opresivo, y las sombras comenzaron a cobrar vida, arrastrándolos hacia el caldero. Clara, con el corazón en un puño, entendió que habían sido engañados.

Con un último esfuerzo, logró romper el hechizo pronunciando las palabras que había aprendido, pero ya era demasiado tarde. David se había transformado en una sombra, un eco del chico que una vez fue, y los demás estaban siendo consumidos por la oscuridad.

Margareth, con su risa resonando en la cabaña, se volvió hacia Clara. —Ahora eres mía. No puedes escapar de lo que has desatado.

Clara, sintiendo el frío de la muerte acercarse, comprendió que el verdadero poder de la bruja no era solo el hechizo, sino la capacidad de atrapar almas en su eternidad. La cabaña se llenó de gritos y ecos de aquellos que una vez fueron jóvenes, pero que ahora eran parte de la leyenda de la Bruja de la Ladera, condenados a vagar entre las sombras por toda la eternidad.

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