Anunciate aqui

lunes, 20 de octubre de 2025

Vientos de medianoche

0 comments

la dama del viento

El faro se alzaba como un hueso blanquecino contra el cielo negro y tormentoso. Yo era el cuidador, buscando la soledad punzante que solo el mar ofrece, pero encontré el frío gélido de una presencia que no era humana. La torre vibraba con el aullido constante del viento, un clamor ensordecedor que parecía llevar el lenguaje de lo antiguo.


Fue al filo de la medianoche, cuando el haz de luz giró, que la vi. La Silueta. No estaba en el mar, sino en la roca, en el borde del acantilado, desafiando la furia del temporal. Era una figura alta y encorvada, envuelta en un manto oscuro y harapo que se agitaba con una fuerza antinatural. Su cabeza, coronada por algo que parecía un sombrero torcido, se inclinaba hacia el faro.


La llamé la Dama del Viento, la encarnación de la brujería que la gente del puerto juraba que era real. No se movía con pasos; se deslizaba sobre la piedra con una gracia macabra, su avance lento y metódico hacia mi única vía de escape. Sentí una ola de pánico que me dejó el pecho helado.


La fuerza opresiva de su presencia era tan intensa que el cristal de la linterna del faro comenzó a emitir un zumbido grave y vibrante. Mi corazón se convirtió en un tambor frenético contra mis costillas. Sabía que no venía a charlar; venía a reclamar la luz, a extinguir el último faro de la razón.


Miré a través del ojo de buey. Su rostro era ahora visible en el haz: una máscara de vejez extrema, con piel seca y apergaminada tensada sobre un cráneo anguloso. Sus ojos, discos de un amarillo enfermo, me miraron con una malicia ancestral, un odio acumulado por siglos de marginación. Su boca se abrió, y de ella salió un estertor seco y gutural, un sonido quebrado que no era de voz, sino de poder puro.


Ese bramido mudo no rompió el cristal, pero fracturó mi mente. Subí las escaleras, buscando refugio en el nivel más alto, pero sabía que la altura no me salvaría. El sonido del viento se mezcló con el aullido constante de la tormenta, creando una sinfonía de la destrucción que celebraba su llegada.


Alcanzó la puerta de la linterna. No usó la manija. Con un golpe seco y brutal, un estallido de metal y madera, la puerta cedió. La Dama del Viento entró, su silueta llenó el espacio. El haz de luz se apagó, sumiendo la torre en una negrura total. Lo último que oí, antes de que el horror me consumiera, fue el chasquido de sus dedos sobre el lente de vidrio. El faro estaba muerto. La noche había ganado. Los vientos de medianoche habían traído a su dueña.

Relacionados

No hay comentarios:

Publicar un comentario